Articulistas Desde la Sinagoga

Pésaj: Pascua judía y la identidad

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Durante la festividad está prohibida la ingestión de alimentos derivados de cereales como el trigo,  cebada,  centeno,  avena  y  espelta. También  fermentados, y  en su lugar, se acostumbra comer Matzá  o pan ácimo.

Al anochecer del viernes 19 de abril comienza la celebración de una de las festividades centrales del calendario judío: Pésaj, la Pascua.

El Séder de Pésaj es un importante ritual festivo.

Durante 8 días se extiende esta fiesta que evoca la liberación de nuestros antepasados de la esclavitud egipcia por intermediación divina tal como relata la Biblia en el libro de Éxodo.

Allí se nos cuenta que, en las instrucciones previas a la partida, (Cap. 12) Dios ordena a los israelitas realizar una ofrenda animal y con su sangre marcar las puertas de sus casas de forma tal que, en la última plaga, la muerte de los primogénitos, el emisario divino saltee sus casas (ese es el origen del término Pésaj, “pasar por encima”) golpeando solamente los hogares egipcios.

Frente a este texto, la pregunta que surge es ¿por qué Dios necesitaba que los hijos de Israel pinten una señal para identificar sus casas de los hijos de Israel? ¿Acaso no lo sabía? Y la respuesta se encuentra en el propio relato bíblico: “Y la sangre os será por señal para vosotros”. (ex. 12:13)

La señal no era para Dios, sino para que cada israelita se identificara como tal, no ante Dios, sino ante sí mismo, ante su familia y ante la sociedad. En otras palabras, la señal era una manifestación de pertenencia.

La matzá o matzos, es un pan ácimo (plano) elaborado con harina y agua.

Y la experiencia de la liberación resulto tan decisiva para nuestra identidad que allí surgió el mandato de contar a nuestros hijos lo que hizo Dios por nosotros: Le dirás a tu hijo en aquel día” (Ex 13:8).

Con ese fin, los sabios dispusieron que el Séder (la cena ritual) de las primeras dos noches de Pésaj que se realiza en cada hogar judío, estuviera dotado de narraciones, alimentos simbólicos y una variedad de recursos pedagógicos para fomentar el diálogo intergeneracional, en donde se transmite la tradición. (Por cierto, las palabras transmisión y tradición están conceptual y etimológicamente relacionadas en español y en hebreo).

El jaróset es una mezcla de manzanas y nueces picadas y amasadas con vino, que semaja la pasta de ladrillos elaborada por el pueblo judío en Egipto.

Pareciera como si todo el ceremonial que acompaña la cena viene casi exclusivamente a decirnos quienes somos, y para saber quiénes somos debemos, necesariamente, saber quiénes fuimos y quienes aspiramos ser.

Damos inicio al Séder partiendo la Matzá, el pan ázimo que es el pan de la pobreza (durante los 8 días de Pésaj está prohibido comer cualquier cosa que tenga levadura) y proclamaos nuestra esclavitud. Solo sintiendo que verdaderamente somos esclavos podemos percibir luego la salvación divina.  Nuestros sabios enseñan que en cada generación cada judío debe verse como si el mismo hubiese sido liberado de Egipto.

Las hierbas amargas, simbolizan las penalidades de la esclavitud sufrida por los judíos en el antiguo Egipto.

Y después luego viene el Ma Nishtaná, las “4 preguntas” que hacen los más pequeños: ¿Por qué esta noche es diferente a todas las demás? Preguntar es un ejercicio de libertad, una característica que posee solo aquel que es libre, y esa libertad es lo que estamos celebrando.

Tras la comida, repleta de olores y sabores propios de la fiesta, con alimentos que nos recuerdan el sufrimiento de nuestros antepasados y su liberación, abrimos la puerta de nuestro hogar anhelando la llegada del profeta Elías. Evocamos su presencia pues de acuerdo con la tradición judía, él será quien anuncie la llegada de la época mesiánica.

Pésaj no es solo el recuerdo de la redención pasada sino el anhelo de traer la salvación futura: Un mundo de justicia y paz en donde todos podamos convivir en un espíritu fraterno.