Cada 16 de octubre, el mundo conmemora el Día Mundial de la Alimentación, una fecha promovida por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) con el fin de llamar la atención sobre el derecho que tienen todas las personas de disponer de alimentos suficientes, seguros y nutritivos. En Panamá, la fecha encuentra al país ante una realidad que combina avances importantes en la reducción del hambre con desafíos que siguen presentes en materia de nutrición, acceso económico, producción agropecuaria y calidad de la alimentación.
Según el informe El Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo 2026 (SOFI), Panamá redujo la prevalencia de la subalimentación de 23,3% durante el período 2000-2002 a 4,7% en 2023-2025. La FAO señala que esta reducción representa que cerca de medio millón de personas dejaron atrás la condición de hambre durante las últimas dos décadas. El resultado acerca al país a la posibilidad de abandonar el llamado mapa mundial del hambre.
El avance, sin embargo, no significa que el problema alimentario esté resuelto. El concepto de seguridad alimentaria va mucho más allá de disponer de alimentos. Implica que las personas puedan acceder de manera permanente a productos suficientes, inocuos y nutritivos, y que tengan la posibilidad económica de mantener una dieta saludable. Precisamente este último aspecto constituye uno de los grandes desafíos para Panamá y para América Latina.

La FAO advierte que, aunque América Latina y el Caribe han registrado una reducción del hambre durante los últimos años, persisten fuertes desigualdades y el costo de una dieta saludable continúa siendo elevado en comparación con otras regiones del mundo. La alimentación, por tanto, no puede analizarse únicamente desde la cantidad de comida disponible, sino también desde su calidad y desde la capacidad de las familias para adquirirla.
Comer demasiado es un problema
Panamá enfrenta una situación que puede parecer contradictoria: mientras persisten sectores de la población con problemas de acceso a una alimentación adecuada, aumenta también el peso de la obesidad y el sobrepeso como problemas de salud pública.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS/OMS) informó en marzo de 2026 que el 71,7% de los adultos en Panamá presenta exceso de peso y que el 35,3% de la población adulta vive con obesidad. La organización advierte que el exceso de peso constituye un factor de riesgo para enfermedades cardiovasculares, diabetes y diversos tipos de cáncer.
La situación demuestra que hablar de alimentación significa abordar simultáneamente diferentes formas de malnutrición. El hambre y la desnutrición siguen afectando a sectores vulnerables, mientras el consumo excesivo de productos con altos contenidos de azúcar, grasas y sal, así como de alimentos ultraprocesados, contribuye al crecimiento del sobrepeso y la obesidad.
La alimentación cotidiana de los panameños está influida por factores económicos, culturales y sociales. El ritmo de vida en las ciudades, la expansión de los establecimientos de comida rápida, la publicidad, los hábitos familiares y el precio relativo de determinados productos contribuyen a definir qué llega finalmente al plato.
En ese escenario, el desafío no consiste solamente en recomendar a las personas que coman mejor. También implica crear condiciones para que las opciones saludables sean accesibles y estén disponibles, especialmente para los hogares con menores ingresos.
UNICEF Panamá señala que uno de cada seis niños y niñas menores de cinco años presenta desnutrición crónica, una proporción que alcanza el 39% en las comarcas indígenas. Al mismo tiempo, el 10% de los menores de cinco años presenta sobrepeso y esta proporción llega al 30% entre los niños de 5 a 9 años. La situación también alcanza a los adolescentes. Un informe de UNICEF Panamá señala que dos de cada cinco adolescentes entre 13 y 17 años tienen sobrepeso u obesidad.
Para Panamá, el desafío de los próximos años será convertir los avances en seguridad alimentaria en una mejor calidad de vida para toda la población. La meta no debe limitarse a que haya comida en la mesa, sino a que esa comida contribuya efectivamente a una población más saludable, con especial atención a quienes todavía enfrentan las mayores desigualdades.





